Jorge Urdiales Yuste

El tío Alfredo, de ruta con Delibes: Zaratán


Zaratán estaba desconocido para mi tío Alfredo. Lo había visitado una sola vez, en el año 52, para ver a un íntimo amigo de su padre. Todavía funcionaba el tren burra desde Valladolid capital, que lo acercó al pueblo.

Eran los últimos años del Zaratán agrícola y campesino, con el mismo estilo que cualquier otro pueblo de la provincia. Su proximidad a la capital no modificaba apenas sus costumbres. Zaratán era la Castilla rural como lo podían ser Vega de Valdetronco o Esguevillas de Esgueva. Faltaba por llegar la concentración Parcelaria, que en Zaratán concluyó en el año 68. Estaban por llegar otras muchas cosas…

Guarderías, más colegios, el centro de salud, un centro de mayores, los de protección civil… La cercanía a Valladolid les trajo estas ventajas. El cambio en unos años fue tremendo, ha sido tremendo. Mi tío Alfredo se leyó el pasaje en el que Delibes se acuerda de Zaratán:

Mi padre (…) salía al campo en todas las estaciones del año. Y pese a ser muy sensible a las corrientes de aire (se enfriaba con un soplo) y a tener un oído delicado para cualquier clase de ruidos, lo hacía ligero de ropa y en primavera encontraba un atractivo incomprensible en el monótono y penetrante canto de los grillos. Todavía lo recuerdo en los ribazos de Zaratán (…) agachado en los trigales, reclamando a la codorniz o sacando grillos de las huras cosquilleándoles con una paja.

Iglesia Parroquial de San Pedro Apóstol. Foto: Web Ayuntamiento Zaratán

Iglesia Parroquial de San Pedro Apóstol. Foto: Web Ayuntamiento Zaratán

Al llegar a Zaratán y ver aquel pueblo casi unido a Valladolid, con las mismas comodidades y las mismas tiendas que puede haber en la calle de Santiago o en el paseo de Zorrilla, buscó algún ribazo, algún páramo en el que las codornices que nombró Delibes en Diario de un cazador pudieran anidar. Y los encontró. El campo es tan ancho en Castilla que siempre queda hueco para una codorniz o una liebre por mucho asfalto, alcantarillado o Equinoccio que le ganemos a la naturaleza. Le pareció a mi tío que todavía se podía respirar ruralidad en Zaratán.

Entró entonces en la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol, la del siglo XVII. Rezó por su padre Alfredo, por su hermana Rosario y por todos sus hermanos y cuñados que ya no están en este mundo. Pasó por la Plaza Mayor, el antiguo matadero municipal y se dio un paseo hasta el puente del ferrocarril, el que está en el camino de Villanubla. ¡Qué abandonado lo notó Alfredo! Él, que había montado en el tren burra en el año 52… Ahora a todo aquello, dice mi tío, le hace falta una restauración.

Camino del restaurante (al que ya le había echado un ojo al llegar al pueblo) se ensimismó en sus temas delibianos y recordó que los autores de las Rutas de Delibes tienen reservada a la amapola como planta para Zaratán y a los aviones como los pájaros que también se dan en este pueblo. Echó un vistazo a los rebarcos (la palabra rural que dan las Rutas de Delibes para Zaratán) que rodean el pueblo.

Si un pueblo en Castila tiene rebarcos es porque tiene barcos. El rebarco, como se sabe, es una pequeña ondulación del terreno más pequeña que el barco. Si definimos barco como pequeño valle que es atravesado por un río, rebarco es la pequeña ondulación del terreno que se encuentra en las márgenes del valle, en posición perpendicular al barco.

Plaza Mayor. Foto: web Ayuntamiento Zaratán.

Plaza Mayor. Foto: web Ayuntamiento Zaratán.

Y con estos pensamientos llegó al restaurante. La carta, para mi tío Alfredo, era de lo más graciosa. Para decirte que tenían lechazo de segundo te escribían lo siguiente: “Lechazo confitado y deshuesado a baja temperatura sobre crema de patata en su jugo”. ¡Toma ya! En lo que se han convertido los lechazos del siglo XXI. Luego rico, me dijo Alfredo, estaba un rato rico, que una cosa no quita la otra, sea el título rimbombante o no lo sea.

Alargó mi tío la visita por Zaratán confiado en el buen tiempo y estos días de marzo que ya estiran sus horas de luz. Buscó el monolito de las rutas y lo encontró. Entró en el Equinoccio y le pareció estar en Madrid. Se compró un helado y se salió al campo, que es lo que le gusta. Y cuando regresó a Madrid, me llamó y me contó todo esto que ahora escribo. Mi tío volverá en unas semanas a la provincia de Valladolid con la excusa de las Rutas de Delibes. Y yo volveré a escribir estas líneas para seguir contando cómo son las rutas, cómo vive mi tío Alfredo este reencuentro con los pueblos vallisoletanos y cómo se ha convertido Delibes en un reclamo para que los viajeros se empapen de Valladolid y su provincia.

                                               Jorge Urdiales Yuste

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