Jorge Urdiales Yuste

El tío Alfredo, de ruta con Delibes: Quintanilla de Onésimo


Mi tío Alfredo ha vuelto por donde solía en esto de las Rutas de Delibes y ha estado de visita en Quintanilla de Onésimo.

Pasados los Santos y el día de difuntos, mi tío Alfredo cogió el tren, llegó hasta Valladolid y allí esperó al coche de línea que le acercó a Quintanilla de Onésimo. Quintanilla tiene puesto de honor en las Rutas de Delibes: por él pasan cuatro rutas de las seis. Solo Boecillo y Villafuerte le igualan, con cuatro rutas cada uno. Me cuenta mi tío Alfredo que se llevó los folletos de las rutas 2, 3, 5 y 6, que son los que incluyen a Quintanilla.

Quintanilla de Onésimo. Foto: Jorge Urdiales

Quintanilla de Onésimo. Foto: Jorge Urdiales

Quintanilla no necesita de presentación para mi tío Alfredo. Está a diez kilómetros del pueblo en el que nació. Su padre y su abuelo fueron a Quintanilla en tiempos a  molery a vender el trigo recogido en verano. Eran los tiempos del molino harinero junto al puente de Olivares. Tiempos de llevar el carro a paso lento desde Castrillo hasta Quintanilla. De bajar la cuesta que acercaba al molino con la misma precaución con la que se tomaba la subida. En los años 20 y 30, el padre y el abuelo de Alfredo iban a Quintanilla para coger el tren, moler el trigo, comprar… Entonces Quintanilla tenía mucho tirón en la comarca. De Quintanilla se recuerda mucho al padre de Onésimo Redondo como vendedor de paños, igual que esta web, de pueblo en pueblo.

Al llegar a Quintanilla, mi tío Alfredo se acercó a la oficina de turismo. Preguntó (se lo aconsejé yo) por Ignacio Tercero, su responsable. Salieron los dos camino de la D mayúscula que vigila el cruce entre la antigua carretera de Soria y la que va a Cogeces del Monte ya es parte de Quintanilla. 900 kilos de piedra blanca de Campaspero para recordar que Miguel Delibes pasó, paró, cazó y veraneó en Quintanilla de Onésimo. Una D limpia, iluminada por el sol, luce derecha como un guardia civil en el cruce de estas dos carreteras. Detrás de la D, la fuente de agua potable bien cuidada. Y detrás de la fuente, las 50 viviendas del Grupo Onésimo Redondo que construyó la Delegación Nacional de Sindicatos en 1957.

“Las Rutas de Delibes”, se lee a ambos lados de esta enorme piedra blanca. En el lateral del monolito, una cita que se toma de esta, la original: “Yo jamás olvidaré aquellas tardes en los páramos de Quintanilla de Onésimo, con mi padre, cuando la escopeta no era todavía un signo de distinción, y aquel perrazo rojinegro, el “Boby”, con una nariz de aquí a Lima, merodeando entre los majanos y las morenas, curioseando aquí y allá, el morro en el suelo, para concluir en una muestra escultural”.

La cita que ya luce en el monolito de Quintanilla de Onésimo es de un libro que se llama Con la escopeta al hombro, que da vida y luz a la sexta ruta. Otras muchas citas querrían haber ocupado tal espacio de honor a la vista de vecinos y turistas, pero solo se pone una por cada monolito.

Quintanilla de Onésimo. Foto: Jorge Urdiales

Quintanilla de Onésimo. Foto: Jorge Urdiales

Ignacio Tercero volvió a su oficina de turismo y mi tío Alfredo se acercó a la vieja estación, la que emplearon Delibes y el padre de Alfredo para coger el tren. Allí, se sentó en el andén y releyó los textos de Delibes en los que nombra a Quintanilla: “…Otra zona sintomática a estos efectos es la de Quintanilla de Onésimo, próxima a Peñafiel (…) Así, recuerdo con cariño, como habituales lugares de baño (…) el cadozo que seguía al puente de Olivares, en Quintanilla de Onésimo (…) Tochano y Zacarías estuvieron ayer en Quintanilla. Dicen que en las pajas nada, pero en la ladera hicieron siete perdices (…)Estuvimos en lo de Quintanilla. Es un cazadero áspero, pero tiene perdiz (…) De regreso, cruzamos el páramo para caer de la parte de Quintanilla (…) Desde la estación se divisa el campo ondulado hasta los tesos de Quintanilla”.

Se acercaba la hora de comer y Alfredo entró en el mesón Quintanilla a tomarse un vino y un pincho de tortilla. Camino del puente de Olivares se oyó de fondo alguna perdiz en la ladera. Se paró en medio del puente, sobre el río Duero. Escuchó en silencio el rumor de sus aguas. Tiene allí el Duero una pendiente de varios metros que acaba en suaves cachones. Y después, el cadozo en el que se bañó Delibes. En la orilla, los chopos apenas habían perdido sus hojas. A las 14:30 mi tío había quedado con Antioco para comer en la Posada Real Fuente Aceña. Tengo que citar lo que comieron porque de primero se tomó Antioco lasaña de morcilla de Burgos y lechazo a la sal de segundo. Alfredo pidió espárragos verdes de Tudela de Duero y bonito con salsa de chocolate. Todo espectacular, me cuenta mi tío.

En la sobremesa recordaron los dos veranos que pasó Delibes en Quintanilla. ¡Qué gasto de perdigones del pequeño Delibes desde el corral de su casa alquilada! Las visitas a la confitería… Y luego las cazatas del Delibes joven y adulto por los páramos del pueblo.

Sabe mi tío Alfredo que Quintanilla de Onésimo es pieza clave en la vida y obra del escritor. Ha vuelto de este viaje con la alegría de haber visto el primer monolito dedicado a Delibes. Desde ahora irá fotografiando todas las D de los pueblos de las rutas. Son el sello visual, tangible, de unas rutas que aportan literatura, naturaleza, lenguaje rural y paisaje a todos los que, como mi tío Alfredo, se acerquen a estos pueblos.

Jorge Urdiales 

 

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