Jesús Zalama

El ébola rural


Nuevo colaborador: Jesús A. Zalama

Nuevo colaborador: Jesús A. Zalama

El virus que ahora atemoriza a España entera tiene una fiel reproducción en la idiosincrasia rural de la provincia

¡Vamos a morir todos!, y todos se escandalizan. Anecdótico, al menos, este hecho. Máxime cuando desde pequeños nos hacen repetir taxativamente aquello de “los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren”. Por más que el martillo de la enseñanza machacona repercuta nuestra sesera, parece ser que, de vez en cuando, se nos olvidan muchas cosas. Se nos olvida a dónde vamos, pero también de dónde venimos.

Vista aérea.

Vista aérea.

Hay que entender dos cosas para que servidor pueda iniciar su espacio en esta web. La primera es que soy de pueblo y con tal condición sé de lo que hablaré de aquí en adelante. La segunda es que mucha otra gente, tan rural como yo, no entenderá sobre qué estoy hablando, y por triste que suene, cuento con ello. Predicar en el desierto puede ser un buen desahogo para las dunas.

Hoy, sin más preámbulos, hablaré del ébola rural. Sin más rodeos, diré que este virus tan afincado en los pequeños núcleos de nuestra provincia consiste en la simple pasividad de sus habitantes para con aquello que contiene su cobijo, es decir su propio pueblo. Y sí, este mal, el de ser un agente pasivo en tu propio núcleo, está tan extendido como su consecuencia: nuestros pueblos se mueren.

Sin ser estos un ser vivo como tal, al estar compuestos del más singular de ellos, el ser humano, tienen una vida tan limitada y caduca como el propio habitante quiera. Por ello, y ya me justifico, son loables iniciativas como estas que enmarcan mis palabras, iniciativas de pleno auge que dignifiquen el ecosistema rural de la provincia. Que no lo dejen morir. Pero… ¿quién hunde en la inanición a nuestros pueblos?

Podríamos divagar sobre falta de empleo y oportunidades, despoblación… durante largo tiempo, pero yo vengo a proponer un mapa con menos accidentes. El problema es el siguiente: en el ámbito rural existe la lapa que chupa insistentemente del mismo sin aportar nada, o lo que es lo mismo, aquel que no mueve una falange por su propio entorno rural. ¿Ejemplos? Mejor será no tentarme en esta mi primera tentativa. ¿Quién no conoce a alguien que por su pueblo no tiende la mano por el simple hecho de no ofrecerla?

Paso del tiempo.

Paso del tiempo.

Por desgracia, muchos de esos no perderán más que muchos de nosotros. La inactividad y posterior muerte, en sentido figurado (o no) del pueblo, no tendrá nada que ver con la defunción de ‘nuestro’ pueblo. Lo que para muchos era un accesorio donde inocular un virus de inacción, para otros era su vida, su lugar de residencia o su espíritu.

Por ello, pongo en cuarentena estas palabras a sabiendas de que puedan ser bien interpretadas y de que todo lo que tanto he visto pueda ser revertido. Que sí, que sé de lo que hablo y sé que los pueblos (con minúsculas) se mueren. Y sé también por qué tipo de actos y qué tipo de personas acabarán en la tumba. Desde aquí, y con mi firma, me sumo a que lo rural que ocupa nuestra provincia no muera nunca. Nacen, crecen, se reproducen, les portan sus hijos el ébola y mueren.

Un mero desfibrilador.

Jesús A. Zalama

(@pumazalama)

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