Opinión

El tiempo perdido en Castilla


Hubo un tiempo en el aquel reloj de la plaza más bonita que mis ojos habían conocido –hasta ese momento- funcionaba.

Era el de un pequeño pueblo, alejado de la mano de Dios, como bien solía decirme mi abuela, cuando yo entendía que se refería a una enorme distancia, pues Dios vivía en el cielo –donde ya estaba mi abuelo- y que de la Tierra a ese azul inmenso, había un largo camino que solo los astronautas podían recorrer. Una enorme distancia, que con el paso del tiempo maldije, cuando comprendí que aquellos astronautas regresaban de su misión, y que el hombre de mi vida –en ese momento, mi abuelo- no regresaba.

La plaza más bonita que mis pequeños ojos (al igual que ese lugar) habían conocido no tenía nada de particular. Los cuatro bancos ocupados por las mismas cuatro personas de siempre, rodeados por las cáscaras de pipas que día tras día –y especialmente, cotilleo tras cotilleo- añadían un nuevo tono de gris a una plaza llena de grises que nunca se volvieron blancos o negros. Siempre había algo nuevo que respirar. El humo de aquel puro del señor de la esquina se mezclaba con el primer cigarrillo que un chaval quería fumarse para impresionar a una moza, quien estaba más pendiente de sujetarse esa falda que se había puesto en la tarde con más aire de aquel verano del 82.

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Funcionaba el reloj que anunciaba las horas que faltaban para que diera comienzo el Mundial que pasó por Valladolid, dejando huella en aquella Avenida que alberga el estadio de un tal José Zorrilla. Bien podría haber dejado de funcionar ese maldito reloj cuando Chanquete abandonó el barco de verano azul, la mítica serie española que se estrenó el mismo año en el que aprendí que con mi bicicleta no iba a volar y que no volvería a reír viendo E.T –básicamente, por los dientes que me faltaron aquel verano-.

Pero con el paso del tiempo, que dejó de marcar aquel reloj, los bancos pidieron nuevas personas que los volvieran a llenar de vida. El chaval jamás volvió a fumar desde que aquella muchacha le pusiera como condición, que desde que su primer hijo viniera al mundo, el único humo sería el de la barbacoa de los domingos en su nueva casa de la capital. Lejos -a una enorme distancia- quedaría aquel pequeño pueblo alejado de la mano de Dios, o de la mano de los hombres que poco a poco fueron despidiéndose de lo poco (o nada) que quedaba en una plaza que se volvió de un negro difícil de volver a colorear. Y eso que hubo un tiempo en el que verano tras verano, pinté aquel reloj de la plaza más bonita que mis ojos habían conocido.

Rebeca Díez (@RebecaDMelero)

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