Pilar Martínez Fernández

23 de abril de 1521, mucho más que una derrota


Mil quinientos veintiuno y en abril para más señas, en Villalar ajustician quienes justicia pidieran. ¡ Malditos sean aquellos que firmaron la sentencia¡, ¡ Malditos todos aquellos los que ajusticiar quisieran al que luchó por el pueblo y perdió tan justa guerra¡Desde entonces ya Castilla no se ha vuelto a levantar. En manos de rey bastardo o de regente falaz, siempre añorando una Junta o esperando un Capitán”.

Con este fragmento del romance popular creado por el poeta leonés Luis López Álvarez, El  Nuevo Mester de Juglaría  ponía acento en aquella revuelta de las Comunidades y en tan impronta derrota.

Desde estas tierras, ese movimiento histórico parece no tener la justa y merecida consideración. Celebramos cada 23 de abril una fiesta que pocos o muy pocos entienden con orgullo. Más de una vez he podido escuchar en boca de la gente de la calle eso de: ¡vaya cosa que celebramos! ¡Una derrota! Si seremos tontos…

Tal vez seamos tontos, no ha de faltar razón en eso, pero no por celebrar una derrota, sino por no molestarnos siquiera en comprender lo que aquel movimiento comunero pudo conseguir y no logró: unos fueros y unas libertades prácticamente pioneras en esa manera de entender el orden y el gobierno del pueblo.

Igualdad en el pechar para el futuro queremos,  que se den mejores tratos a los indios de este reino, que nada se dé a los jueces si bienes hay en un pleito y se libere a la reina de su vivir en encierro”.

En Tordesillas promulgaron esta Ley  con mucho afán y entusiasmo a sabiendas de que para obtener estos y otros tantos derechos, la lucha había de ser larga. “…que no fuera libertad la que los reyes le dieron, que libertad concedida no es libertad, sino fuero.”

Foto: @Luismaperegrino

Foto: @Luismaperegrino

Pero por estas tierras y en los castellanos, poco parece prevalecer aquel sentir. Duermen las conciencias arropadas en la apatía, a menudo por ignorancia y otras por desinterés. Aquella sublevación terminó en derrota, es cierto. La historia, por mucho amargor que produzca, con rigor quedó escrita en tierras de Villalar, pero también conviene saber qué razones y qué injusticias se conjugaron para qué ese movimiento comunero y con él todo un pueblo,  decidiera encender sus teas de descontento y revelarse.

Conviene saber qué perdimos en 1521, pero antes conviene saber qué movió tal lucha y tan conmensurable movimiento. Conviene saber igualmente quienes unieron sus conciencias en aquel tiempo e hicieron correr su voz y su descontento por montes, campos y llanos de la España de entonces. Es interesante saber cuántas ciudades y pueblos entraron en Comunidad tras inflamarse Castilla y los castellanos con un rey y con Consejo de Regencia al que se negaron a reconocer como soberano.

Muchos hoy desconocen tales particularidades. Otros las olvidaron y otros simplemente se enajenaron cayendo en las fáciles y al mismo tiempo pusilánimes conclusiones.

El movimiento comunero fue tal vez la primera revuelta con pretensiones, de unir voluntades y de ejercer una forma primaria de democracia, pero sin duda lo que más debiera hacernos caer en la cuenta es el concepto que se tenía entonces de España y de cómo Castilla encendió la llama de la unidad a través de un generalizado descontento. Aquella llama comunera, abarcó entre otras muchas ciudades, Úbeda, Sevilla, Cáceres, León y Cuenca. Todos decidieron entrar en Comunidad después de saber cómo resistió Segovia a las tropas del Consejo de Regencia de Carlos I y de cómo se quemó Medina del Campo en venganza por ser una ciudad artillera.

Encabezada la revuelta por los tres famosos comuneros, se perdió en Villalar tan noble gesta y en tres picotas se colgaron sus tres cabezas para que, según dijeron los imperiales, sirviera de escarmiento. Tal escarmiento al parecer terminó dando resultado, pues hoy lejos de despertar en nosotros, herederos de aquellos castellanos comuneros, un orgullo agridulce, denostamos e ignoramos cuánto sucedió en aquel tiempo y en aquellos llanos.

Una vez más poco hemos querido aprender de la historia, de cuánto fuimos y de cuánto aún tenemos. No caigamos en la simplicidad y en el derrotismo. Tampoco se trata de magnificar las cosas pero sí debemos ser justos con los acontecimientos y darles el valor y el tratamiento que merecen. En Villalar de los Comuneros, hubo mucho más que una derrota y a cuántos nos consideramos valedores de nuestra tierra, nos corresponde saber ese “ algo más”.

Pero no voy a ser yo quién se lo cuente. Coja amigo lector un libro de historia, escuche el romance de Los Comuneros en la viva voz del “Nuevo Mester de Juglaría”, intente empaparse de cuánto ha sido la tierra en la que vive, ha nacido y pisa, sólo así podrá entender si de verdad puede y debe celebrar algo el 23 de Abril, o si bien debe enfadarse con un episodio histórico singular pero al mismo tiempo sabedor de cuánto le hacía falta conocerlo para caer en la cuenta de los errores que tal vez hoy debamos evitar cometer.

“ Quien sabe si las Cigüeñas han de volver por San Blas, si las heladas de Marzo los brotes se han de llevar, si las llamas Comuneras otra vez crepitarán. Cuánto más vieja la yesca, más fácil se prenderá, cuanto más vieja la yesca y más duro el pedernal. Si los pinares ardieron aún nos queda el encinar.”

Este y no otro es el Canto de Esperanza de Castilla, un canto que debemos atrevernos a cantar sin complejos. Pudimos caer un día en Villalar de los Comuneros,  pero ¿no creen que va siendo obligado levantarse?

 Pilar Martínez  Fernández

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