Jorge Urdiales Yuste

El tío Alfredo, de ruta con Delibes: San Miguel del Pino


Dice el refrán que “en febrero busca la sombra el perro”. No será en Castilla, ¡vive Dios! Aquí no hay quien pare este año entre tanta borrasca, nieblas meonas, caramas y friuras.

No tenía prisa mi tío Alfredo por empezar esta 2ª Ruta de Delibes. Ha leído en los periódicos que ya se han presentado las cuatro primeras. La primavera tardará todavía varias semanas en llegar y reír pero Alfredo está jubilado y tiene todo el tiempo del mundo para caminar por los pueblos de Valladolid. Otra cosa es que le puedan la curiosidad y las ganas de volver sobre sus pasos… de infancia y juventud en Castrillo Tejeriego. Necesita el hombre respirar el campo de Valladolid.

Paisaje. Foto: Ayuntamiento San Miguel del Pino

Paisaje. Foto: Ayuntamiento San Miguel del Pino

Ha tenido este mes de febrero de 2014 un par de días de sol, que son los que aprovechó Alfredo para comenzar la 2ª Ruta de Delibes, la que se basa en el libro Diario de un cazador. En este diario de mucha ficción y algo de realidad, Lorenzo, su protagonista, recorre los pueblos más cercanos a la capital. En esta ruta no están todos, solo los seis principales, contando con la ciudad: San Miguel del Pino, Aniago, Valladolid, La Mudarra, La Sinova y Quintanilla de Onésimo.

Alfredo madrugó, cogió el ALVIA a las 8:30 y llegó a Valladolid a las 9:31. Allí lo esperaban César y Rosario, parientes suyos del pueblo. Los tres se plantaron en San Miguel del Pino en veinte minutos.

Diario de un cazador es un libro perdicero que deja paso a liebres, conejos y codornices. Rara vez Lorenzo y su cuadrilla cargan la escopeta para otros bichos. Pero aquí, en San Miguel del Pino, Zacarías cuenta que colgó ocho azulones tan hermosos que se los tuvo que llevar en una carretilla. ¡Azulones! Quizá no tan extraños en la narrativa de Delibes. Alfredo los había leído en Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo (Miguel cobró una hembra de azulón en el regato que separa los dos carrascales), Las perdices del domingo (durante este paseo vespertino se vio poco pájaro, apenas una junta discreta de porrones y media docena de pares de azules), Los santos inocentes (que el niño empezó bien tierno con la caza, una chaladura, gangas en julio en la charca o los revolcaderos, codorniz en agosto, en los rastrojos, tórtolas en septiembre, de retirada, en los pasos de los encinares, perdices en octubre en las labores y en el monte bajo, azulones en febrero, en el Lucio de Teatino y, entre medias, la caza mayor el rebeco y venado, siempre con el rifle o la escopeta en la mano siempre, pim-pam, pim-pam, pim-pam), Castilla habla (Sorprende al azulón en los restaños, al amparo de los negrillos, zorrea en la maleza del soto o busca la liebre en su encame) y El último coto (perdices, liebres, palomas, conejo y azulón).

Iglesia. Foto: Ayuntamiento de San Miguel del Pino

Iglesia. Foto: Ayuntamiento de San Miguel del Pino

Alfredo, Rosario y César empezaron el recorrido por la parte espiritual: la iglesia de San Miguel Arcángel, mitad románica, mitad gótica, con sus tres arcángeles representados en el templo: Miguel, Gabriel y Rafael. De allí a la ermita del Cristo, un paseo. Con la bufanda bien arrebujada, mi tío Alfredo les contó a sus sobrinos que en esta ruta se habla del pino como árbol representativo de este pueblo. El pino propio de Valladolid. Así se lee en la información de las rutas: “No queríamos nombrar otro árbol en este pueblo que no fuese el que lleva en su topónimo. El pino, seña de identidad de la Vieja Castilla, da también sabor y esencia a San Miguel del Pino. Sus pinares son compactos, apretados. Al estilo de las manadas de búfalos, pareciera que los pinos de la periferia, quisieran resguardar a todos los demás de las durezas del clima castellano”.

El Duero, que ya se ha unido con el río que le da el agua, el Pisuerga, les esperaba. Mi tío y sus sobrinos querían oír su rumor y querían contemplar su ribera, su pausa y el vuelo de algún azulón.

Río a su paso. Foto: Ayuntamiento de San Miguel del Pino

Río a su paso. Foto: Ayuntamiento de San Miguel del Pino

Estaban a punto de ver azulones en su etapa amorosa porque a finales de febrero los machos cortejan a las hembras y si una de ellas responde y permite que el macho la aparee, ella forma un nido muy sencillo en la orilla y pone hasta una decena de huevos. Un mes después, los patitos son capaces de seguir a su madre nadando en fila, al poco de nacer.  En dos meses, son independientes.

El sol ya había secado las últimas escarchas cuando los tres viajeros entraron en el restaurante Malvavisco. Tres menús del día les sirvieron para sentirse como en casa. Surgieron entonces los últimos comentarios de la ruta por San Miguel, como la palabra rural que los autores de las rutas habían elegido para este pueblo. Era una palabra poco empleada por mi tío y sus sobrinos: carnutas. Cuando Delibes la emplea se refiere al primer plumaje de las aves, que se irá perdiendo cuando les vayan saliendo los cañones (las plumas definitivas).

A los postres la conversación derivó a otros aspectos del quehacer rural, como que al padre de Alfredo (el abuelo Alfredo) le gustaba vestir pantalones de pana. Al andar, una pernera daba con la otra y hacía un zru-zru repetido que a mi tío Alfredo impresionaba de chico. O que el abuelo Alfredo tenía una mula, la Naranja, que era una joya. En la fiesta de correr el gallo, que se hizo al final de la Guerra, mi tío Alfredo la cabalgó entre los mejores caballos que había en el pueblo y no desmerecía ni en el trote ni en el galope ni en el porte con su pelo castaño brillante, noble, bien alimentada, fuerte. ¡Era excelente para el tiro! Sentenció Alfredo, pagó la cuenta y volvieron sobre sus pasos hasta el Duero. ¡Qué rumor! ¡Qué silencio alrededor! Apenas el rugido de un tractor lejano… Las primeras mujeres de San Miguel salían a dar su paseo vespertino. Siempre el mismo recorrido con  las mismas compañías. En San Miguel, en Castilla no se pasea, se camina. Es una manera muy rural de hacer ejercicio. Mientras Alfredo y sus sobrinos se alejaban del pueblo en coche se fueron cruzando con algunas parejas de mujeres que volvían, bufanda al cuello, hacia el pueblo. Aunque nadie les había preguntado nada a los tres viajeros, este encuentro en la carretera era una especie de despedida entre los forasteros y los nativos de San Miguel. La suma de los monumentos, el pinar, los azulones, el Duero, la comida, el silencio… le hizo pensar a mi tío Alfredo que la Castilla de Delibes, la de las rutas, la Castilla eterna, sigue hablando.

                                               Jorge Urdiales                                             http://www.jorgeurdiales.com        

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3 replies »

  1. Delibes no redactaría esta crónica del relato de tu tío Alfredo mejor que tú lo haces. ¡Sobresaliente, muchacho!

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