Jorge Urdiales Yuste

Mi tío Alfredo, de ruta con Delibes: Villanubla


Para estos viajes invernales, mi tío Alfredo sí que necesita alforjas. La primera, el permiso de su mujer. A sus 75 años cualquier excursión requiere de unos permisos, pólizas y salvoconductos familiares previos. Y luego está la propia responsabilidad de mi tío, que tampoco quiere exponerse a un catarro gratuito en campo abierto.

Salvadas estas inconveniencias y tomadas las precauciones propias de una persona de edad (buena ropa interior, bufanda a modo de tapabocas, etc.), mi tío Alfredo tomó el camino de Villanubla después de la fiesta de la Purísima. En un día de hielos y sol, de poco viento y silencio en los campos, mi tío llegó en tren hasta Valladolid y, desde allí, en un rato de coche con su primo Dativo alcanzaron el llano de Villanubla. ¡La cuesta de Villanubla! Tantas veces nombrada en otros libros de Delibes. En esta ruta que mi tío ya lleva mediada, la de Las perdices del domingo, Villanubla aparece de refilón, en una pequeña referencia a su aeropuerto.

Foto: Ayuntamiento de Villanubla

Ermita del Cristo del Humilladero. Foto: Ayuntamiento de Villanubla.

Dicen los autores de estas rutas que por allí hay calandrias, malvas y arados romanos. Mi tío es curioso y, sobre todo, tiene tiempo para curiosear. Dativo y él aparcaron el coche junto a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en la zona soleada. Al bajar, Alfredo le puso al corriente a Dativo del pasado del pueblo: la leyenda cuenta que el padre de Isabel de Castilla (la de la serie de los lunes), Juan II, se desorientó por el pueblo entre tanta niebla y llegó al Convento de los Ángeles, que distaba poco de una “villa cubierta de niebla”, Villanubla. De paseo por el pueblo, Dativo se extrañaba con tanta fachada de piedra, él que está acostumbrado al adobe castellano. Alfredo, me cuenta, le explicó que, en tiempos, los canteros de piedra caliza del pueblo tuvieron gran fama. Alfredo y Dativo dejaron para después la búsqueda de malvas y el sonido de alguna calandria. Ahora les interesaba saber si quedaba algún arado romano. Mi tío y Dativo los han visto docenas de veces en su juventud, pero la añoranza de aquellos tiempos de siega y trilla les animaba a contemplar un apero que para ellos es el símbolo de toda una época. Se encontraron frente a una de las casas solariegas del pueblo a Félix Velasco, que les afirmó que en Villanubla quedaban arados romanos, que él tenía uno en su corral y que se pasaran a verlo. No hubo necesidad de aperitivo en el bar. En casa de Félix tomaron unas aceitunas y unos torreznos con un clarete que guarda Félix en la fresquera de su casa. Me cuenta mi tío que ya en el bar se enteraron que este tal Félix es el alcalde del pueblo. Buena gente por Castilla.

Para bajar la comida se dieron una caminata por las vías del Tren Burra con la nula esperanza de encontrarse alguna malva. No es tiempo. El campo se ha oscurecido y las flores guardan silencio hasta mejor primavera. Calandrias sí que les pareció oír alguna. El sol, pasadas las 4 de la tarde, apenas si les calentaba los abrigos. El viento era una brisa tenue que apenas llegaba a molestar. Bordearon el arroyo Hontanija y vieron aterrizar algún avión en el aeropuerto antes de coger el coche y tomar la carretera de Valladolid, a un paso. Mi tío volvió en tren a Madrid con una idea ya bastante clara del sentido último de esta ruta de Delibes por la provincia que se basa en Las perdices del domingo. Me cuenta mi tío que la Diputación de Valladolid ya ha presentado otras dos rutas más y que para enero va a caer la cuarta. De momento, a mi tío le queda un pueblo, Villafuerte, para acabar esta primera ruta. Si consigue el permiso familiar, para finales de enero se volverá a encontrar con Delibes, sus paisajes y sus palabras.

Jorge Urdiales

                                                                                                   http://www.jorgeurdiales.com

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