Pilar Martínez Fernández

Descubriendo el palomar (1ª parte)



Cuentan de quienes alzaron del barro los palomares  que la necesidad y el hambre dio lugar a la agudeza del ingenio a la hora de  construirlos. Descubrieron que si se entretenían en complicar la obra con celosías curiosas en los cortavientos o levantando más tejadillos, los días de construcción se alargaban y por tanto les duraba más el trabajo y mayor era la cobranza.

palomar 1

Palomar

Algo de cierto se intuye que hay en esta teoría pues, aunque la arquitectura popular suele acompañarse del libre albedrío, en el caso del palomar es aún más llamativo el hecho de que haya dado lugar a tanta variedad en sus formas, consiguiendo en muchos casos una geometría curiosa si se tiene en cuenta que a sus constructores les movía más el sentido práctico que los conocimientos matemáticos y geométricos.

En Tierra de Campos tanto vallisoletana como palentina, son muchos los palomares que se pueden ver salpicando los sembrados de cereal. Algunos son meros esqueletos buscando de nuevo la tierra de la que surgieron, pero los que aún persisten en su lozanía y sobriedad al más puro estilo castellano, se asemejan a un faro rendido a la merced del tiempo que sobrevive a la desidia de cuanto se acostumbra a olvidar cuando deja de formar parte de lo cotidiano.

En otro tiempo, el palomar daba realce y abolengo a los más acaudalados de los pueblos que los tenían en propiedad, mientras que para la gente más humilde, en muchos casos formaba parte de su medio de vida pues no en vano eran quienes los daban utilidad y los mantenían para el amo. No es extraño pues que el palomar escribiera su episodio de historia en el acontecer costumbrista de una época en la que la paloma no era esa ave que hoy tanta controversia desata en las ciudades con su presencia en azoteas, sino un elemento al que asociarse y procurarle un hábitat idóneo  para obtener  beneficios económicos e incluso de recreo.

La paloma, para aquellos que comprendieron como nadie su instinto y potencial, ofrecía cinco posibilidades de aprovechamiento en unos tiempos donde cualquier recurso era bienvenido para mantener el pulso de una sociedad tan desigual como  austera.

Conocido es su uso como mensajera, sin embargo no era este su más valorado recurso.  Desde los palominos y pichones como valor culinario,  pasando por sus plumas como relleno para almohadas, continuando por  los excrementos o palomina como un buen abono orgánico para la tierra y terminando por el tiro al pichón como actividad de recreo, la cría y el mantenimiento de palomas en un palomar generaba una actividad económica de la que se valieron no solo la familia acaudalada que los poseía, sino también esa población que circundaba alrededor de los palomares y que los sacaba todo su provecho trabajándolos. Allí dónde existían palomares, había vida y trabajo.

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Palomar abandonado

Toda evolución social hacía otros recursos, de alguna manera y progresivamente condena al abandono a aquello que en otro tiempo sirvió como modo de vida. Un ejemplo latente terminó siendo el insigne palomar terracampino. Poco a poco fueron cayendo en desuso y las generaciones que posteriormente heredaron los palomares, dejaron que murieran lentamente perdiendo toda esa vida y realce que tuvieron.

Hoy ese realce ha quedado reducido en muchos casos a paredes mordidas por un clima recio que convierte muros en terrones de barro; geometrías rotas en pedazos con  tejados hundidos ante la evidencia del cielo. El triste paisaje que a menudo nos encontramos en el horizonte cuando asoma un palomar abandonado, inevitablemente invita a pensar en la desidia de una  sociedad que a menudo da la espalda a sus orígenes e historia.

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Palomares

Pero, afortunadamente no todo se ha terminado perdiendo. Aún existen reductos de palomares que nos pueden mostrar su interior en pleno corazón de Tierra de Campos. La provincia de Valladolid y de Palencia, esta última quizá una de las más prolíficas en la conservación de este elemento arquitectónico popular, tiene en su paisaje algún emblemático palomar bien conservado, incluso es fácil encontrar varios en una misma era a las afueras de los pueblos  alineados y simulando pequeñas fortificaciones.

Pilar Martínez Fernández

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